relato

Untitled 3

Salió arreglado y perfumado para ver si encontraba alguna parranda. Por las calles, mientras caminaba, observaba puras cicatrices. Una sangre extraterrestre invadía las imágenes diarias en la plaza de Guadalupe. Se puso a cantar en voz baja una canción Gregoria que nunca había aprendido. La gente lo miraba y seguían paseando, algunos se paraban a verlo un rato y algunos dejaban monedas en el piso frente a sus pies. Cantando entre el humo de la brasa y la brisa del mar, pensó brevemente — el mar es mi alma–.

Luego paró de cantar y no pasó nada. Vio las velas de la capilla, solamente había dos luces tristes y rupestres. –Ojos primitivos del diablo–. Tiéntame ballena pacífica, a que un día te mate con estos dedos (que a veces se sienten bastante cortos) y por fin me quedaré sólo en la oscuridad de una hacienda hundida por matorrales. Es verdad, siempre he querido ser un jinete en el desierto de Sonora. Buscaré luz, desesperado y triste, por no quedarme ciego y sólo. Pero temo que solamente encontraré esos ojos de bestia que siempre queman dentro de esa capilla frente a la que canto.

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